Esta pregunta me la hice hace once años atrás en un contexto en el que mi país (Chile) experimentaba notorios cambios en el liderazgo político y en la expresión de las demandas ciudadanas. Un país en el que la juventud se identificaba cada vez menos con los valores religiosos, pero en el cual aún la mitad de la población afirmaba que rezaba u oraba diariamente. Pasado los años, las distintas encuestas y mediciones sobre el fenómeno religioso en Latinoamérica siguen mostrando significativas cifras en torno a la adhesión y compromiso de la ciudadanía en torno a la religión y la espiritualidad.

En una región caracterizada por la erosión del debate público, la falta de intercambio de información veraz y la polarización de las posiciones ideológicas —que ha llevado algunos países a entrar en crisis políticas e institucionales— reflexionar en torno al valor de principios civilizatorios, como la libertad religiosa, es un paso necesario para mejorar la convivencia democrática y cuidar lo alcanzado.

En vastas regiones de este globalizado e interconectado planeta, en países que son socios políticos y comerciales de nuestros Estados, se persigue, se arresta y se mata a hombres, mujeres y niños solamente porque no creen ni practican la religión mayoritaria del país.

Cuando parece que la imposición de las ideas, mediante la amenaza de la presión social o la violencia, parece ser más efectiva que cualquier método basado en el respeto ¿a quién le importa el derecho a la libertad de conciencia y religión?

A los creyentes
En países donde aún siguen manifestándose públicamente acciones espirituales, la libertad religiosa les debería importar mucho: ya sea para orar públicamente en sus templos, compartir libremente su fe con otros en espacios públicos, o simplemente para tener la seguridad de conducir sus vidas según los valores de su religión, sin temer ser restringidos por persona o autoridad alguna.

Para los cristianos este tema no es menor. Para una religión que desde sus inicios tuvo que enfrentar discriminación, persecución y muerte, el hecho de poder libremente reunirse, expresarse y difundir sus creencias, significó un gran avance de convivencia en las comunidades que aceptaron por fe las enseñanzas de Cristo. Bíblicamente la libertad de religión encuentra su base desde los inicios de la humanidad, cuando Dios crea al hombre a su imagen y semejanza y con libre albedrío. Aunque Dios ha hecho un incesante llamado a la humanidad a retornar al equilibrio, no fuerza a nadie a seguirlo, y respeta la decisión individual. No podía ser menos, el amor verdadero exige libertad.

Para el actual cristiano latinoamericano, la libertad religiosa es una herencia valiosa que merece ser conservada y aún, mejorada.

Por último, a pesar de que podemos identificar a nuestros países como culturalmente cristianos, no son sólo los fieles cristianos quienes deberían dar importancia a la libertad religiosa, sino y con mayor razón, los creyentes de religiones y creencias minoritarias, como los musulmanes o judíos, por citar ejemplos.

A los políticos
No a todos los políticos, por cierto, sino a aquellos que creen profundamente en la democracia y en las libertades públicas. Políticos que entienden que, en la pluralidad de ideas y creencias, y en la libre expresión de ellas, se construye una sociedad más inclusiva y respetuosa de las personas y sus derechos. Líderes que entienden que la religión, tal como hacen la economía y la política, guían la conducta de los pueblos y de los gobiernos de forma permanente. Políticos que, en fin, comprenden que la protección y promoción de la libertad religiosa es un elemento vital para que la convivencia pacífica como valor universal perdure.

A los defensores de los derechos humanos
Hombres y mujeres que hacen suya la causa por el respeto y protección de todos los derechos humanos. Defensores lúcidos que, a pesar del avance de corrientes materialistas, comprenden que la búsqueda y experiencia religiosa está en el corazón de la dignidad humana. Estos hombres y mujeres pueden encontrarse trabajando en los gobiernos; dictando clases en universidades; sentados en tribunales haciendo justicia o litigando en los mismos por su reconocimiento caso a caso. Hay otros defensores que, aunque menos visibles, día a día promueven y fortalecen este derecho: toda persona que cree y practica el respeto de creencias distintas a las suyas.

A los que ven restringido su derecho
Aunque formalmente en los países de Latinoamérica existe libertad de religión, tenemos que reconocer que su reconocimiento dista de ser maduro en algunos casos. ¿Cómo desconocer el inadecuado legalismo de los tribunales de justicia de ciertos países cuando frente a casos particulares han ponderado erróneamente el peso de distintos derechos en una colisión de los mismos, dando mayor importancia a normas reglamentarias o legales, por sobre otras supra legales o constitucionales? ¿Cómo olvidar a tantos cristianos adventistas que se han visto excluidos de la protección para observar el día sábado y perdieron sus trabajos o estudios?

A los que no tienen el derecho
Finalmente, y aunque me aleje del entorno regional inmediato, no puedo dejar de mencionar a los que absolutamente no gozan de libertad religiosa alguna. En vastas regiones de este globalizado e interconectado planeta, en países que son socios políticos y comerciales de nuestros Estados, se persigue, se arresta y se mata a hombres, mujeres y niños solamente porque no creen ni practican la religión mayoritaria del país. Minorías perseguidas por mayorías, de todos los colores y de todas las creencias, y donde ciertamente la religión de paz de Cristo sigue siendo la gran perdedora.

Autor


Agregar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

×