Cada segundo domingo de agosto, Chile celebra el Día del Niño. Las vitrinas virtuales se llenan de ofertas de juguetes y las agendas de panoramas infantiles, pero detrás de esta atmósfera lúdica y comercial, yace una historia profunda de lucha y convicción. Esta fecha no es un mero invento del marketing, sino la conmemoración de un movimiento global por la dignidad infantil, un recordatorio de que, como sociedad, “la humanidad debe al niño lo mejor que ésta puede darle”.
Proteger sus cuerpos y nutrir sus almas: quizás en la síntesis de esas dos misiones se encuentre la verdadera hoja de ruta para el Chile que viene.
Para entender el presente, es ineludible volver a las tramas del pasado. La idea de proteger a la infancia no nació en tiempos de paz, sino de la devastación de la Primera Guerra Mundial. Fue en ese contexto de crisis mundial donde una improbable figura, la británica Eglantyne Jebb, articuló una idea revolucionaria: los niños no eran mera estadística ni apéndices del Estado, sino sujetos con derechos propios que la humanidad tenía el deber de proteger. Su Declaración de los Derechos del Niño (Ginebra, octubre de 1924), fue un intento de reconstruir un “mundo en ruinas”, como ella decía, partiendo por su eslabón más frágil, los pequeños expuestos a la Gran Guerra.
Resulta notable que el motor de Jebb, según sus biógrafos, fuera una profunda convicción espiritual, una epifanía que la llevó a preguntarse ante cada dilema: “¿Qué haría Jesús?”. La historia a menudo nos muestra cómo los grandes cambios generacionales son impulsados por motivaciones íntimas y trascendentes, un recordatorio de que las ideas que mueven el mundo no sólo surgen del cálculo político, sino de la convicción personal. Su inspiración cristiana la impulsó a concientizar al mundo de entreguerras acerca del valor de la infancia, a fundar Save the Children una de las organizaciones de ayuda a niños más importantes del mundo y a sentar las bases jurídicas para la protección de los menores a nivel global.
El eco del trabajo de Jebb llegó a Chile tempranamente. En octubre de 1924, Santiago fue sede del IV Congreso Panamericano del Niño, en la que diversos representantes latinoamericanos ratificaron la Declaración de Ginebra y fueron interpelados a trabajar por un mejor futuro para los niños.


Hay que señalar que a inicios del siglo XX la realidad de los niños chilenos era dolorosa. Los archivos y la prensa de la época son unánimes: la realidad de la infancia chilena a principios del siglo XX era muy compleja. El niño era un “pequeño adulto”, una fuerza de trabajo más en tregua por la subsistencia. Las cifras son elocuentes: tasas de mortalidad infantil que hoy nos parecerían de una nación en guerra y un trabajo infantil que, en sectores como la industria del vidrio, representaba casi un tercio de la mano de obra.
En ese paisaje desolador, surgieron voces como la de nuestra premio nobel Gabriela Mistral quien clamó por un mejor trato a los menores, un modelo educativo donde primara el afecto de maestros sensibles y creativos. Se difundieron iniciativas para educar a los adultos en higiene y nutrición, y surgió la idea de que los juguetes no debían ser un lujo, sino una señal de aprecio hasta para el niño más humilde. Mistral proclamó una frase que deberíamos memorizar: “Nuestro peor crimen es el abandono de los niños negándoles la fuente de la vida”.
Desafíos actuales
Un siglo después ha habido avances monumentales. En los últimos cuarenta años la calidad de vida de los niños chilenos mejoró indudablemente en resguardo de sus derechos fundamentales, en su alimentación, expectativas de vida o en conciencia del valor que ellos tienen para el futuro del país. No obstante y entre otros cambios recientes, es posible observar que hace apenas una generación, los niños chilenos eran multitud: las casas rebosaban de primos, las plazas parecían inagotables y los colegios bullaban de gritos adolescentes. Hoy el mapa demográfico ha girado drásticamente.
Según el último censo preliminar, por cada cien menores de quince años hay setenta y nueve adultos mayores; los hogares promedian 2,8 personas y uno de cada cinco chilenos vive solo. El dato que condensa esta transformación es la tasa de fecundidad: 1,16 hijos por mujer, una de las veinte más bajas del planeta. De golpe, la infancia se ha vuelto un bien escaso.
En ese contexto, resulta tentador recurrir a solo declarar emergencia demográfica, clamar por subsidios masivos o augurar un futuro de quiebras previsionales. El riesgo de la alarma es paralizar la reflexión. Más útil —y más honesto— es asumir la complejidad: que el desplome de la natalidad convive con un aumento de la esperanza de vida y, por tanto, con un país que envejece aceleradamente.
El desafío, en otras palabras, no es “producir” más niños para equilibrar una ecuación estadística, sino ofrecer mejores condiciones a los que ya existen y a los pocos que llegarán. Al mismo tiempo preguntarnos ¿qué valor – y no solo el medible en pañales o matriculas escolares- tienen los niños en el Chile posmoderno? Este cambio tectónico, instalado sin estridencias, nos obliga a preguntarnos qué tipo de sociedad estamos legando.
Ahora, mientras el país como conjunto tiene menos niños, nuestro sistema de protección para los niños más vulnerables parece más tensionado que nunca. El dato de un aumento del 72% en el ingreso de bebés menores de dos años a residencias de protección es un síntoma que no podemos ignorar. La institucionalidad cambia de nombre —del Sename a Mejor Niñez—, pero la herida de fondo, la incapacidad del Estado para romper el ciclo de la negligencia, sigue abierta. No se trata de buscar culpables, sino de entender el fenómeno.
¿Qué dice de nosotros, como comunidad, que la respuesta más inmediata al desamparo de un lactante siga siendo, con tanta frecuencia, la institucionalización? Estas cifras no hablan solo de un servicio estatal al límite; reflejan el debilitamiento de las redes de apoyo familiar y comunitario que antes actuaban como un colchón de seguridad. Son el rostro más extremo de una vulnerabilidad que nos interpela a todos. El creciente énfasis en programas como las Familias de Acogida muestra una búsqueda de caminos más humanos y efectivos, un reconocimiento de que el calor de un hogar, aunque sea transitorio, es irremplazable en los primeros años de vida. Este es, quizás, uno de los desafíos centrales: pasar de un modelo de contención a uno de reparación y afecto.
Probablemente para enfrentar los actuales desafíos de la infancia chilena necesitamos la convicción de Jebb para reformar y fortalecer un sistema de protección que no da abasto, garantizando los derechos básicos que ella defendió. Pero, al mismo tiempo, necesitamos la sensibilidad de Mistral para llenar esas estructuras de afecto, para enfrentar las penas silenciosas de nuestros niños y para recordar que la educación y la crianza son, ante todo, un acto de profundo amor y humanidad. Proteger sus cuerpos y nutrir sus almas: quizás en la síntesis de esas dos misiones se encuentre la verdadera hoja de ruta para el Chile que viene.


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