La política siempre ha oscilado entre la ética y el poder, entre la necesidad de resultados y la aspiración moral. En ese vaivén, la compasión ha sido muchas veces vista como un lujo inapropiado o una debilidad incompatible con el ejercicio del poder. Maquiavelo lo expresó sin rodeos en El Príncipe: “es mejor ser temido que amado, si no se puede ser ambas cosas”. Para él, el gobernante debía ser eficaz, incluso a costa de la virtud. Sin embargo, cinco siglos después, la pregunta sigue abierta: ¿puede haber compasión en la política actual?

Esto no implica ignorar los riesgos del buenismo. La compasión mal administrada puede derivar en populismo emocional o en políticas poco sostenibles. Pero su ausencia lleva a la deshumanización, a la desconexión entre Estado y ciudadanía, a la legitimación de la crueldad como herramienta. Y ese camino, históricamente, nunca termina bien.

La compasión no es sentimentalismo ni ingenuidad. Es la capacidad de percibir el sufrimiento ajeno y actuar para aliviarlo. En el terreno político, esta actitud se traduce en decisiones públicas que consideran el bienestar humano más allá de la lógica del corto plazo o del cálculo electoral. Si bien Maquiavelo escribía en un contexto de caos e inestabilidad, donde el orden se imponía como prioridad moral, hoy vivimos en un mundo donde la legitimidad política se basa cada vez más en la empatía y la justicia social.

Líderes del mundo en vías de desarrollo han demostrado que es posible ejercer el poder con sensibilidad sin perder eficacia. En América Latina, por ejemplo, figuras como Pepe Mujica en Uruguay marcaron una forma de gobernar austera, cercana y profundamente humana, poniendo el bienestar de la población por encima de la ostentación del cargo. En África, Ellen Johnson Sirleaf, expresidenta de Liberia, enfrentó la posguerra y la epidemia del ébola con una combinación de firmeza y empatía, priorizando la reconstrucción social desde la dignidad. Estos casos muestran que la compasión, lejos de ser un lujo o debilidad, puede ser un recurso estratégico en contextos complejos.

No se trata de gobernar desde la emoción, sino de reconocer que las decisiones públicas afectan vidas reales. En este sentido, la compasión puede ser un criterio de realismo bien entendido: el que asume que ninguna sociedad puede sostenerse sin un mínimo de justicia, de cuidado mutuo y de inclusión.

En contraste, cuando la política se desentiende de la compasión, crecen el autoritarismo, el populismo del miedo y la indiferencia institucional. Las sociedades se fragmentan, el tejido social se rompe y la política se convierte en una disputa de cinismos. La compasión, por tanto, no es solo deseable: es necesaria.

Pero, ¿cómo ejercerla en un sistema que a menudo premia la agresividad, la inmediatez y la polarización? Aquí es donde entra el desafío. La compasión en política no debe confundirse con debilidad. No implica ceder ante todo, sino gobernar con una brújula moral clara. Significa legislar para quienes no tienen voz, priorizar políticas que reduzcan desigualdades, escuchar a los excluidos. Es, en esencia, poner al ser humano en el centro de las decisiones.

Esto no implica ignorar los riesgos del buenismo. La compasión mal administrada puede derivar en populismo emocional o en políticas poco sostenibles. Pero su ausencia lleva a la deshumanización, a la desconexión entre Estado y ciudadanía, a la legitimación de la crueldad como herramienta. Y ese camino, históricamente, nunca termina bien.

Un buen gobierno busca merecer el poder

Hoy más que nunca, necesitamos una política que no renuncie a la estrategia, pero que no se avergüence de la compasión. Un liderazgo que combine la sabiduría de Maquiavelo con la sensibilidad del siglo XXI. Que sepa que la autoridad se fortalece cuando cuida, no cuando aplasta. Que entienda que la compasión no es opuesta al poder, sino que puede ser su forma más elevada.

En un mundo que exige decisiones duras, la compasión es la brújula que nos recuerda para quién y para qué gobernamos. No como un freno, sino como una guía. Porque, al final, el verdadero arte de gobernar no es solo mantener el poder, sino merecerlo.

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