Hace pocos días vi un documental titulado “What is a woman?” (EE.UU., 2022) en el que el periodista viajaba por distintos lugares de Estados Unidos para buscar respuesta a la pregunta de “¿qué es una mujer?”. Me sorprendió notar que, a pesar de que el periodista se dirigió a distintos académicos y grupos feministas, no obtuvo respuesta alguna. Al parecer una pregunta que parecía sencilla, para buena parte de la academia y grupos de interés norteamericanos no tenía respuesta. El periodista quería indagar acerca de los fundamentos epistemológicos de las propuestas que se esgrimen para el valor del movimiento feminista; la reasignación de sexo; la identidad transgénero y otras situaciones culturales conexas, como pueden ser los deportistas transgéneros en el deporte femenino.
El valor del sentido común es que nos ancla a la realidad y, por lo tanto, a la cordura. No es enemigo del pensamiento profundo, sino su fundamento: sólo quien reconoce que el suelo es firme puede atreverse a construir sobre él.
Si de niño me hubieran preguntado ¿qué es una mujer?, pienso que hubiera dicho que es lo opuesto al hombre; que es la persona que se embaraza y da a luz; e incluso hubiera hecho referencia a mi madre o la madre de mis amigos. ¿Qué diría un niño hoy? Posiblemente algo no muy distinto. El punto se complica cuando son los adultos los que tienen que responder.
La pregunta sirve para profundizar en cuestiones que están sobre la superficie (o bajo ella) no solo en las sociedades de países desarrollados, sino también en las nuestras latinoamericanas, donde crecientemente se observan criterios y posturas dispares en torno a la identidad sexual, y a los roles que hombre y mujer asumen. Conceptos como identidad de género; homosexualismo (o la sigla anglosajona LGBTIQ+); feminismo; regulación; libertad; Estado; cultura, entrarán a definir lo que hoy se considera es una mujer.


Para algunos, las condiciones biológicas y culturales circundantes tendrán un gran peso para aproximarse a una respuesta. Para otros lo biológico puede no ser tan relevante, y sí la subjetividad de cada individuo, porque finalmente: ¿no es la realidad la imagen que subjetivamente hacemos de ella?
Las diferencias de posición en torno a un asunto que es tan consustancial al ser humano, el individuo y su vida en sociedad, nos lleva necesariamente a preguntarnos acerca de las posibilidades de encuentro y diálogo para las diferentes posturas existentes en nuestros países en torno a este y otros temas que observamos como desafiantes y problemáticos. Porque se quiera o no, lo que antes parecía claro y comúnmente compartido, hoy no lo es.
Elementos para un encuentro
Un punto de partida, para un espacio de convivencia en dialogo, es reconocer que el ser humano es digno por esencia, y no hay sexo, identidad de género, posición política o ideológica que disminuya o borre esa dignidad. Si existe alguna postura intelectual o política que ponga en preeminencia la subjetividad del individuo; que lo sitúe a minusvalorar al otro en su dignidad, en reconocerlo como uno igual; es una postura que impedirá gravemente la convivencia y debe ser abandonada. Es el respeto a la dignidad humana el faro al respeto y el entendimiento.
Luego del reconocimiento de la dignidad viene el sentido común. El valor del sentido común es que nos ancla a la realidad y, por lo tanto, a la cordura. No es enemigo del pensamiento profundo, sino su fundamento: sólo quien reconoce que el suelo es firme puede atreverse a construir sobre él. Hoy este es un suelo de conflicto, porque existe tal nivel de refinamiento y adorno del pensamiento, en instituciones y personas que marcan pauta en nuestras sociedades, que se llega a rechazar lo obvio y el sentido común.
Si pudiesen aceptarse unos mínimos comunes, provenientes -por ejemplo- de la biología, la lógica o la experiencia, se podría iniciar un camino de entendimiento y diálogo. Recuperar el sentido común no es retroceder, es salvar la posibilidad misma de avanzar.
El tercer elemento para construir un espacio de encuentro es bajar las armas y banderas beligerantes. No propongo abandonarlas, solo bajarlas para verle el rostro humano al otro. Una parte que aboga por un concepto de mujer disruptivo no puede esperar que el conjunto de la sociedad lo acepte sin, al menos, cuestionarlo. Por otro lado, quien reconoce un concepto de mujer basado en la biología y experiencia humana, no debería rechazar con violencia posiciones discordantes. Su base debe darles razón suficiente para actuar con aplomo y tranquilidad.
Finalmente debe reconocerse que la naturaleza importa. En una época donde gobiernos y movimientos mundiales abogan con tanto activismo y publicidad por el respeto del medio ambiente; los ecosistemas naturales y otros espacios comunes, ya sea por el valor intrínseco de los mismos o de forma utilitaria para evitar perjuicios que impactarán negativamente la vida en su conjunto, las condiciones naturales del ser humano también deben importar. Ya sea que se mire desde una perspectiva materialista o espiritual, el cuerpo humano es lo que somos, no lo que tenemos. Somos naturaleza y una intrusión intencionada, con miras a modificar nuestro ecosistema humano puede romper todo equilibrio. El cuestionamiento acerca de la irrupción de la eventual destructiva acción humana en la naturaleza, debe también hacerse respecto del cuerpo.
Generar un clima de entendimiento y de respeto de las concepciones y disímiles respuestas a estas y otras preguntas es tarea activa de todos los componentes de la sociedad, pero especialmente de los líderes políticos y de opinión. Los ojos de las generaciones que se están formando, y de las futuras, están sobre nosotros y aprenderán no solo las respuestas que damos a estas cuestiones problemáticas, sino a la forma en que las respondemos y las intercambiamos.


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