[Nota del director: El autor de este artículo (Shmuel Merhav) fue por varios años el guía e inspirador del trabajo colaborativo que decenas de jóvenes hicieron en sus ciudades, a través de la red mundial llamada Glocal Youth Parliament (Parlamento Juvenil Glocal) de la extinta organización Glocal Forum (http://bit.ly/450f3l7). Participé en ella desde 2002, primero como delegado por la ciudad de Santiago (Chile), y luego como coordinador regional para Sudamérica.
Shmuel nos llevó a soñar con lo que él denominó “Future Fulfilment Technology”, que podría traducirse en español, en este contexto, como “futura tecnología para la realización de las personas”. El desarrollo digital basado en algoritmos, y ahora la Inteligencia Artificial, podría ser parte de aquella tecnología que alguna vez soñamos. La clave de su beneficio está, al parecer, en el uso que le podamos dar.]

Imagina a dos amigos muy cercanos, Javier y Diego.
Crecieron juntos, compartieron incontables recuerdos y, a pesar de tener visiones políticas muy distintas, siempre lograron respetarse y quererse.

Pero poco a poco, algo cambió.
Javier empezó a escuchar que Diego había dicho cosas terribles sobre él.
A Diego le dijeron que Javier había traicionado todo en lo que creía.
Cada nuevo rumor dolía más que el anterior.
Las conversaciones se volvieron tensas, los mensajes fríos.
Cuanto más escuchaban, más se enojaban.
El enojo se volvió odio.
Y el odio se transformó en hostilidad, primero con palabras, luego casi con golpes.
Una hermosa amistad estaba al borde del colapso.

Hasta que un día, Javier descubrió la verdad: todos esos rumores venenosos venían de la misma persona, un amigo en común llamado Luis.
Luis había susurrado en sus oídos, tergiversado hechos, inventado mentiras, enfrentándolos deliberadamente.
¿Por qué? Porque cuanto más peleaban Javier y Diego, más dependían de él.
Su odio lo hacía más fuerte.

En ese momento, Javier tomó una decisión.
Primero, sacó a Luis de su vida.
Comprendió que ninguna relación construida sobre la manipulación y la mentira puede sobrevivir.

Luego vino el paso más difícil: llamó a Diego.
—Diego, te odié. Te odié tanto que dejé de ver quién eras en realidad. Pero descubrí que ese odio no nació de la verdad, sino de las mentiras que Luis me dijo.
Hablemos. Veamos qué fue real, qué fue falso, y reconstruyamos nuestra amistad desde cero.

Diego dudó, pero su corazón recordaba al amigo detrás del enojo.Se encontraron. Hablaron durante horas.
Lloraron por el daño causado, rieron de lo absurdamente lejos que habían llegado, y poco a poco desenredaron la telaraña de mentiras.
Cuando emergió la verdad, también emergió otra cosa: la amistad que casi habían perdido.
La reconstruyeron, más fuerte que nunca, porque ahora sabían lo fácil que era que un tercero la destruyera si no estaban atentos.

Ahora, reemplaza a Luis —el amigo manipulador— por algo mucho más poderoso: el algoritmo de las redes sociales. 

A diferencia de cualquier otro medio, las redes sociales no tienen responsabilidad legal por el odio, las mentiras y la violencia que difunden.

A primera vista, la comparación tiene sentido.
El algoritmo, como Luis, susurra mentiras, distorsiona la realidad y empuja a las personas a odiarse entre sí por su propio beneficio.
Pero aquí hay una diferencia crucial: Luis es solo un hombre. El algoritmo es una máquina global.

A Luis se lo podía sacar de sus vidas. Al algoritmo, no.
Está automatizado, financiado y diseñado para influir en miles de millones de personas. Y no solo rompe amistades: corroe sociedades enteras.

El algoritmo, más peligroso que cualquier Luis.

El algoritmo no solo destruye relaciones personales. Reconfigura cómo piensan las naciones, cómo confían, cómo votan.
Inunda la esfera pública de rabia y mentiras no solo para molestarnos, sino para lucrar con ello. Y funciona.

Después de años de burbujas, polarización y manipulación personalizada, las sociedades pierden algo más profundo que la confianza individual: Ya no existe una realidad compartida.

Ya no hay hechos comunes.

Las instituciones que antes arbitraban la verdad —el periodismo, la ciencia, la justicia— pierden legitimidad.
La democracia misma comienza a desmoronarse.

Cuando Javier y Diego descubrieron la verdad, pudieron hablar, reconstruir y avanzar.
Pero cuando es todo un país el que ha sido manipulado, no basta con “tener una conversación” para arreglarlo.
El público ha cambiado.
Las estructuras que sostenían a la sociedad —verdad, diálogo, confianza— han sido sistemáticamente debilitadas.

Esto no es una amistad rota.
Es una crisis civilizatoria.

¿Por qué no se detiene?

Porque esta máquina está diseñada para ganar.
A diferencia de cualquier otro medio, las redes sociales no tienen responsabilidad legal por el odio, las mentiras y la violencia que difunden.
Están protegidas por leyes obsoletas.
No les importa si es un bot, una noticia falsa o un llamado a la violencia —mientras genere clics, reacciones, tiempo de permanencia…
Mientras ellos ganan, las democracias colapsan.

Esta es la verdadera guerra

No es izquierda contra derecha.
No es un país contra otro.
No es un grupo contra otro.

La verdadera guerra es contra el mecanismo que alimenta deliberadamente el odio y destruye la confianza, solo para maximizar ganancias.
Es una batalla por nuestra capacidad de pensar con claridad, de conectarnos entre nosotros y de mantener viva la democracia.

¿Qué podemos hacer?

Como Javier y Diego, tenemos que actuar — no algún día, sino ahora.
Pero, a diferencia de su historia, esto no se soluciona con una sola llamada.
Requiere un cambio sistémico.

1. Deja de ser amigo del algoritmo.

Sí, es difícil. Somos adictos. Algunos incluso vivimos de él.
Pero aunque no podamos cortarlo por completo, sí podemos limitar su alcance.
Úsalo menos.
Cuestiona todo lo que te muestra.

Trata su “información” con sospecha.

2. Habla con las personas que te enseñaron a odiar.

Hazlo a pesar de la manipulación.
Haz preguntas. Contrasta hechos. Rompe las mentiras.
Algunas relaciones todavía pueden salvarse — pero solo si lo intentamos.

3. Ataca al instigador en su raíz.

Esto no es solo un tema ético: Es rediseñar la arquitectura del discurso público.

El algoritmo no es una persona — es un sistema diseñado para manipular.
Para detenerlo, debemos cambiar las reglas bajo las cuales opera.

Nosotros – el público – debemos romper el círculo del miedo

Los políticos saben que este sistema es peligroso, pero tienen miedo.
Quien se atreva a desafiar a estas empresas, arriesga ser destruido en línea.

Por eso, nuestro apoyo importa.
Debemos buscar, identificar y respaldar a los líderes valientes que ven lo que está en juego.
Líderes dispuestos a luchar por un cambio legislativo profundo que:

-Obligue a las plataformas a hacerse responsables de lo que publican.

-Prohíba las cuentas falsas y redes de bots.

-Asegure que toda distribución de contenido tenga una persona o institución responsable detrás.

Esto no es solo un problema tecnológico — es una lucha por la democracia
Las consecuencias van más allá de la amistad entre Javier y Diego.
Esto trata de si nuestras sociedades pueden sobrevivir como democracias libres y funcionales.
En lugares como Israel, Estados Unidos, Hungría y Brasil, la democracia ya está al borde del colapso.
Y si no actuamos, las grietas se extenderán por todas partes.

Sin cambios, el odio crecerá, la división se profundizará y perderemos los cimientos mismos de nuestra civilización.
Pero con coraje —el nuestro, y el de líderes dispuestos a confrontar al sistema— aún podemos cambiar el rumbo.

Entonces, ¿qué harías si fueras Javier o Diego?

¿Dejarías que el instigador controle tu vida o te levantarías, tomarías posición y lucharías?

Esta lucha es más grande que cualquiera de nosotros. Compártela. Levanta la voz. Apoya a los líderes que se atreven a enfrentar la máquina.

El despertar comienza contigo.

Autor

  • Shmuel Merhav

    Director Ejecutivo y Consultor en Gestión, especializado en el diseño de programas estratégicos y de desarrollo de liderazgo. Fundador de Merhav Efsharuyot Ltd. Escribe desde Tel Aviv.


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