Antes del miércoles 10 de septiembre de 2025 nunca había oído del nombre Charlie Kirk. Ese día lo conocí, lamentablemente de forma póstuma, porque ese fue el día en que una bala le atravesó el cuello y lo mató en medio de una reunión con estudiantes universitarios en una universidad del estado de Utah, en Estados Unidos. Ese día supe que Charlie era un prolífico activista político conservador estadounidense, que ni siquiera quiso ir a la universidad como forma de protesta por la gran deuda económica que deben asumir los estudiantes y la desconfianza que le generaba el ambiente académico, que según él, estaba dominado por una izquierda intolerante. Charlie tenía 31 años, esposa e hijos, y millones de compatriotas que lo escuchaban con atención y entusiasmo cada vez que se vinculaba públicamente con ellos.
Los movimientos extremos en ese país y en el mundo se seguirán afilando los colmillos y las garras, atrayendo a desorientados y desencantados, en la medida de que no se levanten mujeres y hombres valientes y honestos, que como hitos vivos de cordura, templanza y hermandad griten y trabajen por la paz.
Al día de hoy conocemos que el presunto asesino es un joven de 22 años, que escribió en cartuchos de bala “Hey fascist, catch!” y “O bella ciao…” por lo que todos podemos presumir que fue un crimen de odio político. Veremos qué sale del juicio que prontamente deberá comenzar.
El asesinato de Charlie Kirk me impactó profundamente. Nada justifica un asesinato. Asesinar a una persona por sus ideas, sean estas religiosas o políticas, dos de las principales razones que la historia humana registra en estos funestos casos, es un asesinato a la libertad y dignidad humana, esto es, a la esencia de lo que somos. No hay justificación alguna para arrebatarle la vida a una persona, y de paso la compañía, protección y felicidad a su familia, por el disenso o disgusto que se generan por las ideas que tiene. Todos tienen derecho a tener la postura política o religiosa que estimen adecuada, vivir conforme a ella y expresarlas libremente.
¿Por qué un jóven de 22 años se creyó con el derecho de quitarle la vida a otro? El juicio lo dirá, por de pronto hay indicios y contexto que permiten entender que el asesino tenía más aprecio por las ideas que por las personas. El amor a las ideas fanatiza, el amor a las personas apacigua. Es más fácil seguir el camino del fanatismo que la compasión por las personas.
Reflexiono y llego a la conclusión de que cuando alguien decide asesinar a otro a sangre fría, es porque el odio lo supera y engañosamente cree que está eliminando una amenaza existencial; protegiendo un interés propio; o ganando alguna ventaja. Consideraciones tan narcisistas y ciegas como el vacío existencial de ese propio individuo.
Podemos hacernos muchas preguntas conexas a este asesinato de odio: ¿Qué está fallando en la democracia baluarte de los derechos civiles? ¿Hacia dónde se encaminan los movimientos políticos extremos en ese país —y el mundo— que alimentan a individuos como el asesino de Charlie? ¿El gobierno actual de ese país colabora en construir un clima de apaciguamiento y entendimiento? Las respuestas a estas y otras preguntas han dado lugar a numerosos estudios y libros que abundan en las librerías. Hoy quiero esbozar brevemente tres respuestas.

Estados Unidos, la república precursora del reconocimiento y defensa de los derechos civiles, entre ellos la libertad de expresión y de conciencia y religión, adolece hoy de un profundo quiebre moral. Los valores y principios que durante más de doscientos años modelaron mayoritariamente el ethos de su sociedad y que impulsaron a los individuos a promover y respetar sus derechos, inspirando a muchos procesos emancipatorios en el mundo —especialmente en América Latina— están derrumbándose. La emersión de contradicciones y dolores profundos —como la esclavitud pasada—, la irrupción de una inmigración descontralada y algo indeseada y, el cambio en las dinámicas económicas del país, dio paso a una crisis de identidad que removió las bases morales de lo que, al menos superficialmente, se aceptaba como común y compartido.
Por otro lado, persiste en gran parte de la sociedad estadounidense un apego vital a un ideal religioso cristiano, atravesado por ideas patrioteras nacionalistas, contradictorias con el núcleo del mensaje de Jesús. Este nacionalismo cristiano, revitalizado por la derecha conservadora, y de la que formaba parte Charlie Kirk, revive inadvertidamente el “american exceptionalism”, esto es, Estados Unidos sería excepcional no solo por su sistema político, sino porque fue bendecido por Dios y debe mantenerse fiel a sus raíces cristianas para conservar ese carácter único. De este modo, el excepcionalismo se convierte en un relato sacralizado: la misión estadounidense no es solo histórica, sino providencial, y la identidad nacional queda ligada a la defensa de valores cristianos como condición para seguir siendo la nación “elegida”.
Este profundo compromiso existencial colectivo e individual es la muralla de choque de ideas y movimientos progresistas que no le dan ninguna importancia ni al sentimiento religioso ni a los ideales y valores que de él pueden emanar. También se puede decir que ese amplio y diverso movimiento liberal secular, es la muralla donde se golpea el nacionalismo cristiano. Falla entonces el campo intermedio entre estas dos murallas. El campo de juego y el espacio ciudadano donde se mueve quizás gran parte de la población, que no encuentra en ese mismo campo intermedio, hitos, contenidos o referentes personales en los cuales generar interacción y una lógica de vinculación, viéndose tentados a acercarse a una de los dos muros, y empujarlo a “cabezazos”. ¿Qué queda entonces después del quiebre moral? El optimista dirá que solo queda levantarse y volver a inspirarse, el pesimista, que se merece estar ahí y solo hay que sobrevivir. Hay quiebres y quiebres. Deberán ser los protagonistas, los estadounidenses los que tendrán que aceptar, intuir o decidir qué tan profundo y ancho es ese quiebre.
Desde mi singular posición: fuera y alejado de ese país, observo que la conducción política actual, no contribuye a darle contenido y referentes a esa cancha intermedia donde puede darse un juego de vinculación ciudadana sana. Se ahonda en mensajes de revancha y división, y de castigo y miedo. Así la polarización de las posiciones políticas seguirá aumentando, y habrá más personas vacías y desorientadas dispuestas a tomar un rifle para atacar “la amenaza”.
Los movimientos extremos en ese país y en el mundo se seguirán afilando los colmillos y las garras, atrayendo a desorientados y desencantados, en la medida de que no se levanten mujeres y hombres valientes y honestos, que como hitos vivos de cordura, templanza y hermandad griten y trabajen por la paz. Y aquí todos y cada uno de nosotros podemos ser esos hombres y mujeres valientes.
Si el gran poeta Walt Whitman, que tenía una fe profunda en la capacidad de regeneración de su país, viera el presente de los Estados Unidos, volvería a remarcar lo que dijo en su tiempo: solo la solidaridad, la inclusión y la libertad vividas como experiencias auténticas y vitales, y no como discursos, construirá un país de esperanza para Charlie Kirk y su asesino.


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